Narrativa – Con Eugenia Kléber

LA ISLA

monte-ontake

(Un corto cuento japonés)  Descargar en PDF cuento-la-isla

Por Eugenia Kléber

Kisho y yo vivíamos al pie de un volcán. Nuestra ciudad era pequeña y ruidosa y a ambos nos gustaba la tranquilidad, con lo que decidimos instalamos en la choza vacía que nadie quería habitar. La denominaban la choza de la muerte y en ella había vivido una médium con su lechuza. Decían que tenía más de cien años, se llamaba Mayu y en su juventud había sido vendedora de peces en el mercado. En su ventana siempre había una luz encendida para que nadie se perdiera al cruzar el bosque. Solía invitar a los difuntos al inicio de primavera y entonces una larga procesión de espectros caminaba desde el cementerio de Rikuto hasta su puerta. Para cada uno la señora Mayu tenía preparado un bol de sopa de arroz, un pedazo de pan y una jarra de vino de mijo. Una mañana les esperaba lista para partir. Al poco de instalarnos todavía recibíamos la visita de algún espectro despistado.

Kisho y yo nos conocimos en las calles, acababan de robarle un saco de naranjas y la bandeja de insectos que todos los días vendía a la entrada del parque Hikaru. A veces yo le robaba una naranja y él entrecerraba los ojos haciéndose el dormido. Un día le confesé que estaba dispuesta a devolvérsela, dijo que prefería que me la comiera porque ahora era mi naranja. Nos quedamos esperando que anocheciera para cazar insectos en el parque, él preparó un pequeño fuego bajo los almendros y los doró en una sartén.

—No tengo casa —dijo de pronto.

—Yo tampoco —respondí.

Recuerdo las flores del almendro cayendo sobre nosotros, la suave luz de los farolillos apagándose una a una tras las ventanas. Ya a oscuras, solo se escuchaba el crujir de nuestros dientes.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó al terminar.

—Atsuko —dije.

En ese instante el volcán rugió y nuestras caras se tiñeron de rojo. Caminamos durante horas con la sartén y una peladura de naranja hasta llegar a la choza de la señora Mayu. La siguiente noche apareció la lechuza en el alféizar de mi ventana, nos miramos largo rato y después ella alzó el vuelo sin más.

Me gustaba ascender por la ladera del volcán, parecía que alguien desplazara el cielo cada vez más arriba. La tierra era negra e hirviente, una vez me atreví a ir descalza y me quemé la planta de los pies. Kisho los lavó con té frío y luego los vendó con una manga de su camisa. Esa noche la lechuza se posó sobre mi caja de hojalata, tenía los ojos inyectados en sangre.

—No es la noche que crees —le dije.

—La ciudad dejará de existir —afirmó—. Has de venir conmigo.

Voló hacia mí sujetando la caja con sus garras y soltándola rápida entre mis manos. Se posó sobre mi cabeza y me clavó las uñas en los hombros. Las dos nos elevamos del suelo con una sacudida. La lava engulló el tejado de la choza.

La ceniza sabía a madera y a sal, a tallos amargos de flores salvajes y a raíces. No podía respirar. Las patas de la lechuza hervían como pequeñas ascuas, ambas nos incendiamos antes de alcanzar un claro de cielo. Desde allí nos dejamos caer.

Ahora vivimos en una isla lejana de aguas profundas y verdes. Ayer encontré un huevo de reptil milenario enterrado en la arena, su cáscara es aterciopelada y su interior blanco y rugoso. En mi caja de hojalata guardo todo lo que podemos llegar a necesitar: guijarros del cementerio, semillas de crisantemo que Kisho y yo íbamos a plantar en otoño, un botón de nácar, un trozo de cristal, la carta que mi madre prendió en mi vestido antes de abandonarme en el patio de la tintorería Sawa. Pienso que se puede ser feliz con muy poco si se tiene imaginación.